Sin duda, este será siempre un tema de actualidad; no obstante, el común de los hablantes, hombres y mujeres, sea indiferente o sienta indiferencia hacia él, por desconocimiento o por no sentirse afectado.

Resultado de imagen para hombre mujerLenguaje sexista son los rasgos relacionados con los prejuicios culturales relacionados con la identidad sexual, frecuentemente asociados al machismo, al rechazo a las mujeres o a los hombres, o desprecio real o aparente de los valores femeninos o masculinos.

El lenguaje sexista se refiere a la discriminación de personas, que se manifiesta en el uso del lenguaje, de un sexo por considerarlo inferior a otro. Esto se da en dos sentidos: por un lado, en lo que concierne a la identidad sexual de quien habla y por otro en lo que se refiere al tratamiento discriminatorio que sufren las mujeres en el discurso ya sea por el término utilizado o por la manera de construir la frase.

En idiomas como el español el género gramatical tiene por forma no marcada el masculino de los sustantivos y adjetivos, de forma que pasa a ser el género masculino el inclusivo o incluyente frente al femenino marcado, que pasa a ser el género exclusivo o excluyente: "Los alumnos de esta clase" incluye a hombres y mujeres, pero "las alumnas de esta clase" excluye a los varones.

En primer lugar veamos lo que dice la Real Academia de la Lengua, en el Diccionario Panhispánico de Dudas, sobre género, que no es sobre sexo.

GÉNERO

Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia de la Lengua Española

1. Los sustantivos en español pueden ser masculinos o femeninos. Cuando el sustantivo designa seres animados, lo más habitual es que exista una forma específica para cada uno de los dos géneros gramaticales, en correspondencia con la distinción biológica de sexos, bien por el uso de desinencias o sufijos distintivos de género añadidos a una misma raíz, como ocurre en gato/gata, profesor/profesora, nene/nena, conde/condesa, zar/zarina; bien por el uso de palabras de distinta raíz según el sexo del referente (heteronimia), como ocurre en hombre/mujer, caballo/yegua, yerno/nuera; no obstante, son muchos los casos en que existe una forma única, válida para referirse a seres de uno u otro sexo: es el caso de los llamados «sustantivos comunes en cuanto al género» ( a) y de los llamados «sustantivos epicenos» ( b). Si el referente del sustantivo es inanimado, lo normal es que sea solo masculino (cuadro, césped, día) o solo femenino (mesa, pared, libido), aunque existe un grupo de sustantivos que poseen ambos géneros, los denominados tradicionalmente «sustantivos ambiguos en cuanto al género» ( c).

a) Sustantivos comunes en cuanto al género. Son los que, designando seres animados, tienen una sola forma, la misma para los dos géneros gramaticales. En cada enunciado concreto, el género del sustantivo, que se corresponde con el sexo del referente, lo señalan los determinantes y adjetivos con variación genérica: el/la pianista; ese/esa psiquiatra; un buen/una buena profesional. Los sustantivos comunes se comportan, en este sentido, de forma análoga a los adjetivos de una sola terminación, como feliz, dócil, confortable, etc., que se aplican, sin cambiar de forma, a sustantivos tanto masculinos como femeninos: un padre/una madre feliz, un perro/una perra dócil, un sillón/una silla confortable.

b) Sustantivos epicenos. Son los que, designando seres animados, tienen una forma única, a la que corresponde un solo género gramatical, para referirse, indistintamente, a individuos de uno u otro sexo. En este caso, el género gramatical es independiente del sexo del referente. Hay epicenos masculinos (personaje, vástago, tiburón, lince) y epicenos femeninos (persona, víctima, hormiga, perdiz). La concordancia debe establecerse siempre en función del género gramatical del sustantivo epiceno, y no en función del sexo del referente; así, debe decirse: La víctima, un hombre joven, fue trasladada al hospital más cercano, y no La víctima, un hombre joven, fue trasladado al hospital más cercano. En el caso de los epicenos de animal, se añade la especificación macho o hembra cuando se desea hacer explícito el sexo del referente: «La orca macho permanece cerca de la rompiente […], zarandeada por las aguas de color verdoso» (Bojorge Aventura [Arg. 1992]).

c) Sustantivos ambiguos en cuanto al género. Son los que, designando normalmente seres inanimados, admiten su uso en uno u otro género, sin que ello implique cambios de significado: el/la armazón, el/la dracma, el/la mar, el/la vodka. Normalmente la elección de uno u otro género va asociada a diferencias de registro o de nivel de lengua, o tiene que ver con preferencias dialectales, sectoriales o personales. No deben confundirse los sustantivos ambiguos en cuanto al género con los casos en que el empleo de una misma palabra en masculino o en femenino implica cambios de significado: el cólera (‘enfermedad’) o la cólera (‘ira’); el editorial (‘artículo de fondo no firmado’) o la editorial (‘casa editora’). De entre los sustantivos ambiguos, tan solo ánade y cobaya designan seres animados.

2. Uso del masculino en referencia a seres de ambos sexos

2.1. En los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: El hombre es el único animal racional; El gato es un buen animal de compañía. Consecuentemente, los nombres apelativos masculinos, cuando se emplean en plural, pueden incluir en su designación a seres de uno y otro sexo: Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales; En mi barrio hay muchos gatos (de la referencia no quedan excluidas ni las mujeres prehistóricas ni las gatas). Así, con la expresión los alumnos podemos referirnos a un colectivo formado exclusivamente por alumnos varones, pero también a un colectivo mixto, formado por chicos y chicas. A pesar de ello, en los últimos tiempos, por razones de corrección política, que no de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita en estos casos la alusión a ambos sexos: “Decidió luchar ella, y ayudar a sus compañeros y compañeras” (Excélsior [Méx.] 5.9.96). Se olvida que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva; así pues, en el ejemplo citado pudo —y debió— decirse, simplemente, ayudar a sus compañeros. Solo cuando la oposición de sexos es un factor relevante en el contexto, es necesaria la presencia explícita de ambos géneros: La proporción de alumnos y alumnas en las aulas se ha ido invirtiendo progresivamente; En las actividades deportivas deberán participar por igual alumnos y alumnas. Por otra parte, el afán por evitar esa supuesta discriminación lingüística, unido al deseo de mitigar la pesadez en la expresión provocada por tales repeticiones, ha suscitado la creación de soluciones artificiosas que contravienen las normas de la gramática: las y los ciudadanos.

2.2. Para evitar las engorrosas repeticiones a que da lugar la reciente e innecesaria costumbre de hacer siempre explícita la alusión a los dos sexos (los niños y las niñas, los ciudadanos y ciudadanas, etc.; 2.1), ha comenzado a usarse en carteles y circulares el símbolo de la arroba (@) como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo, ya que este signo parece incluir en su trazo las vocales a y o: l@s niñ@s. Debe tenerse en cuenta que la arroba no es un signo lingüístico y, por ello, su uso en estos casos es inadmisible desde el punto de vista normativo; a esto se añade la imposibilidad de aplicar esta fórmula integradora en muchos casos sin dar lugar a graves inconsistencias, como ocurre en Día del niñ@, donde la contracción del solo es válida para el masculino niño.

3. Formación del femenino en profesiones, cargos, títulos o actividades humanas. Aunque en el modo de marcar el género femenino en los sustantivos que designan profesiones, cargos, títulos o actividades influyen tanto cuestiones puramente formales —la etimología, la terminación del masculino, etc. — como condicionamientos de tipo histórico y sociocultural, en especial el hecho de que se trate o no de profesiones o cargos desempeñados tradicionalmente por mujeres, se pueden establecer las siguientes normas, atendiendo únicamente a criterios morfológicos:

a) Aquellos cuya forma masculina acaba en -o forman normalmente el femenino sustituyendo esta vocal por una -a: bombero/bombera, médico/médica, ministro/ministra, ginecólogo/ginecóloga. Hay excepciones, como piloto, modelo o testigo, que funcionan como comunes: el/la piloto, el/la modelo, el/la testigo (no debe considerarse una excepción el sustantivo reo, cuyo femenino etimológico y aún vigente en el uso es rea, aunque funcione asimismo como común: la reo). También funcionan normalmente como comunes los que proceden de acortamientos: el/la fisio, el/la otorrino. En algún caso, el femenino presenta la terminación culta -isa (del lat. -issa), por provenir directamente del femenino latino formado con este sufijo: diácono/diaconisa; y excepcionalmente hay voces que tienen dos femeninos, uno en -a y otro con la terminación -esa (variante castellana de -isa): diablo, fem. diabla o diablesa; vampiro, fem. vampira o vampiresa.

b) Los que acaban en -a funcionan en su inmensa mayoría como comunes: el/la atleta, el/la cineasta, el/la guía, el/la logopeda, el/la terapeuta, el/la pediatra. En algunos casos, por razones etimológicas, el femenino presenta la terminación culta -isa: profetisa, papisa. En el caso de poeta, existen ambas posibilidades: la poeta/poetisa. También tiene dos femeninos la voz guarda, aunque con matices significativos diversos ( guarda): la guarda/guardesa. Son asimismo comunes en cuanto al género los sustantivos formados con el sufijo -ista: el/la ascensorista, el/la electricista, el/la taxista. Es excepcional el caso de modista, que a partir del masculino normal el modista ha generado el masculino regresivo modisto.

c) Los que acaban en -e tienden a funcionar como comunes, en consonancia con los adjetivos con esta misma terminación, que suelen tener una única forma (afable, alegre, pobre, inmune, etc.): el/la amanuense, el/la cicerone, el/la conserje, el/la orfebre, el/la pinche. Algunos tienen formas femeninas específicas a través de los sufijos -esa, -isa o -ina: alcalde/alcaldesa, conde/condesa, duque/duquesa, héroe/heroína, sacerdote/sacerdotisa (aunque sacerdote también se usa como común: la sacerdote). En unos pocos casos se han generado femeninos en -a, como en jefe/jefa, sastre/sastra, cacique/cacica.

Dentro de este grupo están también los sustantivos terminados en -ante o -ente, procedentes en gran parte de participios de presente latinos, y que funcionan en su gran mayoría como comunes, en consonancia con la forma única de los adjetivos con estas mismas terminaciones (complaciente, inteligente, pedante, etc.): el/la agente, el/la conferenciante, el/la dibujante, el/la estudiante. No obstante, en algunos casos se han generalizado en el uso, femeninos en -a, como clienta, dependienta o presidenta. A veces se usan ambas formas, con matices significativos diversos: la gobernante (‘mujer que dirige un país’) o la gobernanta (en una casa, un hotel o una institución, ‘mujer que tiene a su cargo el personal de servicio’).

d) Los pocos que terminan en -i o en -u funcionan también como comunes: el/la maniquí, el/la saltimbanqui, el/la gurú.

e) En cuanto a los terminados en -y, el femenino de rey es reina, mientras que los que toman modernamente esta terminación funcionan como comunes: el/la yóquey.

f) Los que acaban en -or forman el femenino añadiendo una -a: compositor/compositora, escritor/escritora, profesor/profesora, gobernador/gobernadora. En algunos casos, el femenino presenta la terminación culta -triz (del lat. -trix, -tricis), por provenir directamente de femeninos latinos formados con este sufijo: actor/actriz, emperador/emperatriz.

g) Los que acaban en -ar o -er, así como los pocos que acaban en -ir o -ur, funcionan hoy normalmente como comunes, aunque en algunos casos existen también femeninos en -esa o en -a: el/la auxiliar, el/la militar, el/la escolar (pero el juglar/la juglaresa), el/la líder (raro lideresa), el/la chofer o el/la chófer (raro choferesa), el/la ujier, el/la sumiller, el/la bachiller (raro hoy bachillera), el/la mercader (raro hoy mercadera), el/la faquir, el/la augur.

h) Los agudos acabados en -n y en -s forman normalmente el femenino añadiendo una -a: guardián/guardiana, bailarín/bailarina, anfitrión/anfitriona, guardés/guardesa, marqués/marquesa, dios/ diosa. Se exceptúan barón e histrión, cuyos femeninos se forman a través de los sufijos -esa e -isa, respectivamente: baronesa, histrionisa. También se apartan de esta regla la palabra rehén, que funciona como epiceno masculino (el rehén) o como común (el/la rehén), y la voz edecán, que es común en cuanto al género (el/la edecán; edecán). Por su parte, las palabras llanas con esta terminación funcionan como comunes: el/la barman.

i) Los que acaban en -l o -z tienden a funcionar como comunes: el/la cónsul, el/la corresponsal, el/la timonel, el/la capataz, el/la juez, el/la portavoz, en consonancia con los adjetivos terminados en estas mismas consonantes, que tienen, salvo poquísimas excepciones, una única forma, válida tanto para el masculino como para el femenino: dócil, brutal, soez, feliz (no existen las formas femeninas *dócila, *brutala, *soeza, *feliza). No obstante, algunos de estos sustantivos han desarrollado con cierto éxito un femenino en -a, como es el caso de juez/jueza, aprendiz/aprendiza, concejal/concejala o bedel/bedela.

j) Los terminados en consonantes distintas de las señaladas en los párrafos anteriores funcionan como comunes: el/la chef, el/la médium, el/la pívot. Se exceptúa la voz abad, cuyo femenino es abadesa. Es especial el caso de huésped, pues aunque hoy se prefiere su uso como común (el/la huésped), su femenino tradicional es huéspeda.

k) Independientemente de su terminación, funcionan como comunes los nombres que designan grados de la escala militar: el/la cabo, el/la brigada, el/la teniente, el/la brigadier, el/la capitán, el/la coronel, el/la alférez; los sustantivos que designan por el instrumento al músico que lo toca: el/la batería, el/la corneta, el/la contrabajo; y los sustantivos compuestos que designan persona: el/la mandamás, el/la sobrecargo, un/una cazatalentos, un/una sabelotodo, un/una correveidile.

l) Cuando el nombre de una profesión o cargo está formado por un sustantivo y un adjetivo, ambos elementos deben ir en masculino o femenino dependiendo del sexo del referente; por tanto, debe decirse la primera ministra, una intérprete jurada, una detective privada, etc., y no la primera ministro, una intérprete jurado, una detective privado, etc.: «Me llamo Patricia Delamo y soy detective privada» (Beccaria Luna [Esp. 2001]).

4. Género de los nombres de países y ciudades. En la asignación de género a los nombres propios de países y ciudades influye sobre todo la terminación, aunque son muy frecuentes las vacilaciones. En general puede decirse que los nombres de países que terminan en -a átona concuerdan en femenino con los determinantes y adjetivos que los acompañan: «Serán los protagonistas de la Colombia del próximo siglo» (Tiempo [Col.] 2.1.90); «Hizo que la vieja España pensara sobre sus colonias» (Salvador Ecuador [Ec. 1994]); mientras que los que terminan en -a tónica o en otra vocal, así como los terminados en consonante, suelen concordar en masculino: «Para que […] construyan juntos el Panamá del futuro» (Siglo [Pan.] 15.5.97); «El México de hoy ya no es el México de hace tres años» (Proceso [Méx.] 19.1.97); «La participación de Rusia en el Iraq que resultará de la guerra dependerá de si adopta una “postura constructiva” en la ONU» (Razón [Esp.] 9.4.03). En lo que respecta a las ciudades, las que terminan en -a suelen concordar en femenino: «Hallado un tercer foro imperial en la Córdoba romana» (Vanguardia [Esp.] 10.3.94); mientras que las que terminan en otra vocal o en consonante suelen concordar en masculino, aunque en todos los casos casi siempre es posible la concordancia en femenino, por influjo del género del sustantivo ciudad: «Puso como ejemplo de convivencia cultural y religiosa el Toledo medieval» (Vanguardia [Esp.] 16.10.95); «Ya vuela […] sobre la Toledo misteriosa» (Reyes Letras [Méx. 1946]); «El Buenos Aires caótico de frenéticos muñecos con cuerda» (Sábato Héroes [Arg. 1961]); «Misteriosa Buenos Aires» (Mujica Buenos Aires [Arg. 1985] tít.). Con el cuantificador todo antepuesto, la alternancia de género se da con todos los nombres de ciudades, independientemente de su terminación: «—¿Lo sabías tú? —Bueno, Javier, lo sabe todo Barcelona» (Mendoza Verdad [Esp. 1975]); «Por toda Barcelona corre un rumor de llanto y de promesa» (Semprún Autobiografía [Esp. 1977]). La expresión masculina «el todo + nombre de ciudad» se ha lexicalizado en países como México y España con el sentido de ‘élite social de una ciudad’: «Su pequeño bar es el lugar donde se reúne “el todo Barcelona”» (Domingo Sabor [Esp. 1992]).

El filósofo Álvaro Zamora cree advertir inconsistencias ideológicas en la posición feminista. Por ejemplo, la que se produce al confundir el género gramatical con el sexo (además, la noción de género utilizada por la ideología feminista constituye un absurdo conceptual: en el ser humano, el género es Homo, la especie sapiens, los sexos masculino y femenino). Además, si el idioma español fuera -en sí y por sí- sexista, no habría términos universales con valores positivos de género femenino, como la verdad, la divinidad, la bondad e incluso la masculinidad, y muchos otros. Los factores (históricos, estructurales, de uso, etc.) trascienden en complejidad al machismo argüido por las feministas. El propósito que señala Zamora es político: se acentúa el sexismo lingüístico como parte de una estrategia para obtener cuotas de poder. Pese a la intención de presentar el idioma como instrumento del machismo social, el uso genérico del masculino gramatical remite a la economía y simplificación lingüística, no a la opresión sexual. Se trata de lograr la máxima comunicación con el menor esfuerzo posible. No excluimos a las mujeres ni a las gatas cuando decimos:

El hombre prehistórico comía carne. En tu pueblo hay gatos.

La oposición de sexos sirve para acentuar determinas situaciones; por ejemplo, en expresiones como "En los últimos años se ha invertido la proporción de alumnos y alumnas en la Facultad de Medicina". Algunos circunloquios son ridículos y empobrecen el idioma: "legisladores electos y legisladoras electas" en vez de "legisladores electos", o "llevaré a nuestra descendencia de paseo" para evitar, por sexista, la expresión "iré con mis hijos de paseo". Según Zamora el feminismo afirma la existencia del sexismo lingüístico como parte de una estrategia para obtener cuotas de poder.

La Real Academia de la Lengua, en el Diccionario panhispánico de dudas, define el género gramatical de la siguiente forma: En los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: El hombre es el único animal racional.

Sin embargo, de acuerdo al discurso, podemos usar en algunos casos los colectivos: el alumnado, la población, el personal, el electorado…

Utilizar abstractos: la redacción (por los redactores), la dirección (por los directores), la legislación (por el legislador), la infancia, la juventud, la adultez, la vejez.

Evitar el uso de: el, los, aquel, aquellos, seguidos del relativo que con sentido general. Es mejor Quien sepa leer entre líneas lo entenderá en lugar de, El que sepa leer entre líneas lo entenderá.

Cambiar el sujeto. En lugar de usar la tercera persona del singular, usar la segunda (tú o usted) o la primera del plural sin mencionar el sujeto. Si usted posee un abono podrá viajar gratis, en lugar de El abonado podrá viajar gratis.

Usar formas neutras: pareja, relación, cónyuge en lugar de novio o novia; marido, esposo o esposa, evitando suponer heterosexualidad. El alumnado puede asistir con sus parejas en lugar de Los alumnos pueden asistir con sus novias

Evitar la cosificación de las personas. Es mejor Los pueblos nómadas se trasladaban con sus enseres de un lugar a otro y no Los pueblos nómadas se trasladaban con sus enseres, mujeres y niños de un lugar a otro.7

Evitar usar expresiones como señora o señorita, señora de…, viuda de… y utilizar el apellido de las mujeres. Se prefiere Juan Pérez y María García y no Señor y señora Pérez.8

Evitar la palabra hombre sustituyéndola por persona o varón, según corresponda. Persona, para referirse a la especie humana y varón para el género o sexo masculinos.9 Es preferible Historia de la humanidad y Pueblos prehistóricos y no Historia del hombre y El hombre prehistórico

En la escritura, cuando se desconozca si el mensaje será recibido por un varón o una mujer se pueden usar las diagonales o el paréntesis en los vocativos: Estimado/a, interesado(a).8

En la escritura, es frecuente utilizar el símbolo arroba (@), o la letra equis (x) o el asterisco (*) para reemplazar las letras que denotan género en las palabras. Ejemplo l@s o lxs l*s en lugar de los o las.

En la expresión oral, es frecuente usar otra vocal en lugar de las que denotan género. Se ha difundido el uso de la vocal e (Nosotres, en lugar de nosotros).10 11

Otra opción, mucho menos habitual que las anteriores, es usar las formas femeninas como universal: Nosotras… (refriéndose a un grupo de personas de diversas identidades de género)12 13

Artículo extraído de la página cultural de La Nueva España, 19 de febrero de 2004.

Autor: G.A. Megido. Sobre el lenguaje sexista

¿Es no sexista decir “los niños y las niñas”? ¿Debo escribir “l@s niñ@s o “los/as niños/as” para no ser tildado de “políticamente incorrecto”?

El autor (doctor en Filología e inspector jefe del distrito de Avilés-Occidente en la Consejería de Educación del Principado) reflexiona, desde el punto de vista lingüístico, sobre asunto tan controvertido y tan de moda ante la cercana campaña electoral.

A nadie se le oculta que uno de los objetivos básicos e irrenunciables de cualquier sociedad moderna, en general, y de cualquier sistema educativo, en particular, debe ser la formación en la igualdad entre los sexos y el rechazo a toda forma de discriminación. En el ámbito concreto del lenguaje, conocida la frecuencia con que en él se reflejan las formas de pensar, sentir y actuar de una sociedad, es fácil imaginar que las lenguas, como instituciones creadas por el hombre, alberguen en su configuración interna rasgos formales o de estilo que resultan sexistas y que, por ello, es necesario combatir. Y es que a través del lenguaje se pueden transmitir códigos sociales inequívocamente sexistas. En nuestros días, son sexistas multitud de imágenes y mensajes presentes en los medios de comunicación o en los centros de trabajo. Dentro de éstos, los libros de textos y otros materiales didácticos exhiben con frecuencia imágenes y contenidos discriminadores de la mujer: presencia de personajes masculinos en situaciones de héroes audaces e intrépidos y, por el contrario, uso frecuente de personajes femeninos absolutamente marginales.

La fiscala

Ahora bien, algunas codificaciones lingüísticas tildadas de sexistas deben examinarse con extremo cuidado, pues pudieran no serlo, con lo que su rechazo podría llevar a errores o generalizaciones contrarios a la propia naturaleza del idioma.

Tales son los casos de la creación generalizada de femeninos analógicos (jueza, fiscala, militara, adolescenta o, incluso, jóvena) y de la explícita copresencia de la forma gramatical del género masculino seguida de la del femenino, para referirse a entes cuya caracterización sexual resulta innecesaria (los alumnos y las alumnas; las madres y los padres; los compañeros y las compañeras; o bien, bajo la forma escrita, absolutamente reprobable, del tipo los/as alumnos/as inscritos/as; o, peor aún, l@s alumn@s inscrit@s, l@s profesor@s citad@s).

Ambos fenómenos parten de sendas premisas fácilmente refutables. La primera sostiene que el género gramatical comporta siempre valores de contenido asociados al sexo. Sin embargo, como se verá, no siempre ocurre así, dado que el género es sólo un accidente gramatical, esto es, una pura valencia lingüística por medio de la cual determinadas magnitudes se combinan con uno de los tres géneros tradicionalmente distinguidos: masculino, femenino y neutro. En el caso de los nombres o sustantivos la combinación se da sólo con los dos primeros, es decir, o son masculinos o son femeninos; y así, mesa, pared, huerta, liebre, gata, mano y madre son femeninos, mientras que libro, muro, huerto, ruiseñor, perro, gorila y padre son masculinos.

La segunda y falsa premisa pretende que existan expresiones fónicas diferenciadas para cada sexo: la /-O/ final debe asociarse a entes machos, y la /-A/ a entes hembras. Pero la distinción entre masculino y femenino se manifiesta a través de variados procedimientos:

mediante la oposición fónica /o/, /a/ finales: gato / gata, huerto / huerta;

por medio de la sustitución de la /e/, /o/ finales del masculino por la /a/ final: jefe / jefa;

cambiando la terminación: gallo / gallina, actor / actriz;

o modificando la raíz: macho / hembra; madre / padre, etcétera.

En definitiva, si bien, mayoritariamente, la distinción entre los dos géneros se reconoce mediante la oposición fónica /-o/, /-a/, sería un error suponer que tales expresiones se asocian siempre e indefectiblemente con el masculino y femenino. Efectivamente, son infinidad los masculinos que no acaban en /-o/ (monje, alférez, árbol, coche, oasis…) y multitud los femeninos que no lo hacen en /-a/ (soprano, cárcel, nariz, crisis, pared…); y, por supuesto, muchos de los sustantivos acabados en /-o/ tienen género gramatical femenino (mano, libido, foto, etcétera, al igual que algunos nombres propios de mujer: Rosario, Olvido), y, al revés, bastantes de los que acaban en /-a/ son masculinos (gorila, auriga, profeta, poeta, planeta, día…); y, por supuesto, en muchos sustantivos se da una indiscriminación total, en la forma, entre los dos géneros, es decir, son sustantivos que con la misma y única terminación sirven a la vez al masculino y al femenino: testigo, guía, artista, mártir o pianista).

No hay razón, entonces, para proceder a una regularización a ultranza, violentando con ello la propia naturaleza interna del idioma. Tal medida nos induciría, en el caso, sobre todo, de los sustantivos referentes a personas, a crear expresiones finales distintas y disociadas para cada género, de modo que ante femeninos analógicos generalizados, como los citados arriba (jueza, fiscala, oficiala, estudianta o, incluso, testiga, adolescenta y jóvena), sería obligado regularizar también el masculino y actualizar en todos los caso formas como: pianisto, astronauto, pediatro, futbolisto y quién sabe si gorilo y calandrio.

El víctimo

Claro es que a esta tendencia apuntada contribuye también, como ya hemos dicho, la otra premisa falsa: la de suponer que el género comporta siempre valores de contenido asociados al sexo. Pero no siempre el sexo determina diferencias de género; de hecho, son abundantes los ejemplos de entes machos que en su mención tienen género gramatical femenino (la pantera, la liebre, la calandria), y no son pocos los casos de entes hembras que aparecen bajo el manto del masculino (el lagarto, el ruiseñor, el buitre), y ello, repetimos, a pesar de que en todas y cada una de las especies citadas haya machos y hembras. Incluso en nuestro mismo ámbito personal, existen sustantivos, como la víctima, la criatura y la persona, que son femeninos con independencia de que se puedan referir a seres de ambos sexos; y hasta el caracol, que es hermafrodita, tiene género gramatical masculino.

Pero es que, en multitud de ocasiones, el género no informa de sexo, sino de otros aspectos de la realidad y, lo que es peor, con frecuencia no informa de nada. En parejas del tipo jarro / jarra el género establece diferencias de tamaño; en casos coma el trompeta / la trompeta señala diferencias entre instrumento y usuario. Y, en fin, en sustantivos del tipo el muro, la pared… el género no informa de nada.

Nuevamente, entonces, si pretendemos regularizar aquí la pretendida equivalencia de masculino = macho + /-o/ y femenino = hembra + /-a/, volvemos a encontrarnos con el escollo de tener que establecer, de una parte, femeninos como la jilguera, la mosquita y la gorila y, de otra, masculinos –para mencionar a los machos–­ como el calandrio, el hormigo, el pantero y el gorilo. Y, por supuesto, los masculinos, referidos a entes racionales machos, como el víctimo, el criaturo y el persono.

Conclusión

En definitiva, el género en castellano sólo conoce un valor constante: dotar a ciertas unidades de una determinada capacidad combinatoria, clasificándolas en dos categorías diferentes, sin que, por ello, los términos masculino y femenino prejuzguen un significado concreto, pues algunos de los valores añadidos son cambiantes y heterogéneos. Cuando el uso lingüístico ha decidido la indistinción de géneros, esto es, de sus valores de contenido normalmente asociados, entonces lo que se emplea es la forma externa del masculino, desprovista absolutamente de cualquier referencia de tipo sexual. Es en esta circunstancia cuando el masculino puede referirse a entes de uno y otro sexo, sin mención explícita de tal rasgo diferencial; de modo que cuando decimos “los alumnos deben ser evaluados conforme a criterios objetivos”, nos estamos refiriendo a entes –machos o hembras– clasificados como “alumnos” y no como “profesores” o “máquinas”, por ejemplo. Decir que en este tipo de secuencias la mujer (la hembra) no se halla visualizada tiene fácil respuesta: el hombre (el macho) tampoco.

Tanto es así que en expresiones comunes o globales, como los padres o los alumnos, se produce esa fusión de géneros sólo cuando tales expresiones se están oponiendo a otras posibles del tipo los hijos o los profesores, por ejemplo; porque si hacemos una mención explícita oponiendo en la secuencia los dos géneros: los padres y la madres, los alumnos y las alumnas, entonces sí que el masculino recobra su vigencia, produciéndose la distinción de géneros en toda su extensión: alumnos = género masculino + entes machos y alumnas = género femenino + entes hembras. Así pues, en estos casos de copresencia la referencia es totalmente distinta. Además, esta expresión simultánea de los dos géneros –salvo que el contexto así lo exija– conlleva evidentes riesgos, dado que una vez que se procede con esa mención disociada, la sola referencia a uno de los dos géneros implicaría que el otro queda excluido. Más aún, en estricta coherencia, ese procedimiento no debería detenerse sólo en los sustantivos, sino también afectar a otros referentes lingüísticos capaces de variación:

“los alumnos y alumnas evaluados y evaluadas positivamente, y todos y todas cuantos y cuantas acreditaron formación suficiente serán notificados y notificadas fehacientemente”.

Hay un caso que creo debe preocupar más en su uso. Es el término “mujer”, que se refiere a una persona del sexo femenino, cuando hablamos de la esposa. Aun que sería más correcto usar conyugue, no es una palabra que se acostumbre usar, por ninguno de los miembros de la sociedad conyugal. Pero si, es muy usual escuchar tanto de hombres como mujeres la palabra “mujer” para referirse a la persona del sexo femenino. Así, se oye decir: Sí, ella es mi ‘mujer’, Mi ‘mujer’ no vendrá hoy; Yo soy la ‘mujer’ de Carlos. Pero ninguna mujer dirá; Carlos es mi hombre. Hoy no iré a la fiesta con mi hombre.