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Un día en el Instituto nos invitaron —a los que quisiéramos acudir—, a pintar una pobre construcción que hacía de colegio y que era el centro de un poblado de chozas, de cuyo nombre no puedo acordarme, en una zona muy marginal, muy pobre y muy apartada de nuestras urbanizaciones, aunque, no muy distante.

 

Voluntariamente, acudió todo el curso, acompañado de nuestros hermanos guías, los promotores de la iniciativa solidaria.

 

Fue un sábado muy temprano, cuando montados en nuestras dos ‘cafeteras’ de autobuses; todos tan contentos, armados con nuestras respectivas brochas, para pintar de alegría y de esperanza, los rostros de aquella desconocida gente.

 

Cuando llegamos, vimos como unas veinte chozas alrededor de una pobre construcción de cemento que hacía de colegio y, escuchamos la soledad escondida, excluida, perdida.

 

Nos pusimos manos a la obra: unos arriba, otros abajo; unos dentro, otros afuera. Como éramos alrededor de ochenta pintores de brocha grande, la obra duró tan solo unas tres o cuatro horas.

 

Pero, antes de terminar, nos llamaron para que descansáramos, y salimos para fuera y vimos una humilde señora que nos invitaba a tomar café. La señora, con toda la amabilidad, dulzura, y agradecimiento, nos fue sirviendo en unas tacitas de lata que íbamos pasando a otros después de consumirlo.

 

Nunca olvidaré ese olor y ese sabor de café, pues quedó grabado en mi memoria olfativa y gustativa para siempre. Nunca me han brindado un café tan rico como el que nos ofrecieron en ese día solidario.

 

Fue un café dado con todo el amor del mundo. Me supo a humanidad, me supo a gloria.

Fue mi mejor café, el café más rico del mundo.

 

Juan Carlos Vázquez Castro

La Coruña, España