La “ñ” es la letra más representativa del idioma español, que la RAE añadió al alfabeto en la segunda edición de su Ortografía, en 1754.

clip_image001Los hispanohablantes la consideramos “muy nuestra”: tenemos una letra para un sonido que otros idiomas necesitan representar con dos letras, y no aparece en ningún otro idioma, excepto en préstamos lingüísticos.

La eñe representa el fonema nasal palatal sonoro, que no existía en latín.

El francés y el italiano eligieron la forma -gn-, que podemos apreciarla en el nombre de productos típicos: el champagne y la lasagna. El catalán eligió la forma -ny- que se exhibe en el nombre del territorio propio de esa lengua: Catalunya. El portugués, la forma -nh- en la que la h muda indica que la ene anterior no se pronuncia tal cual.

El castellano prefirió desde el inicio la -nn- (aunque alternaba con las formas anteriormente indicadas) que los escribanos abreviaban con una ene y una raya encima y que al cortar la palabra, al final de la línea, por la sílaba que la contenía, lo hacían separando el dígrafo: dan-no (daño). Esa raya fue ondulándose, quizá por razones estilísticas y, a partir del Renacimiento, se empieza a considerar como una letra independiente y a olvidarse su origen como abreviatura. Esta consideración de letra diferenciada motiva la única variante actual del español con respecto a la clasificación alfabética latina general.

En el gallego, a pesar de su fuerte parentesco con el portugués, la vinculación política y cultural con Castilla hizo triunfar la grafía del castellano. Con la extensión del castellano por América y Filipinas, las lenguas indígenas que tenían un fonema nasal palatal, al adoptar el alfabeto latino, también tomaron la ñ para representarlo.

El inglés también ha aceptado la “ñ” en algunos préstamos del español: “cañón”, “piñata”, “jalapeño”.

La raya de la ñ, se llama tilde o virgulilla.