http://elpais.com/elpais/2015/07/24/opinion/1437734337_106262.html

ÁLEX GRIJELMO

 

Las clonaciones que se toman de otros idiomas desplazan en su depredación la riqueza de nuestra lengua

 

La lengua propia de los políticos ha aportado en los últimos años un nuevo caso de amaneramiento con visos de elegancia que deriva en uso deplorable: “poner en valor”.

Nada se elogia, se destaca o se resalta. A nada se le da relevancia o realce, y nada se aprecia o se estima. Lo que mola es ponerlo en valor.

La expresión se ha extendido con tanta afición, que suelen sucumbir a ella lo mismo el ministro que el alcalde pedáneo. Si alguien quiere sentirse parte de la clase política, debe decir cada dos o tres frases que pone algo en valor.

El académico Emilio Lledó comentaba el domingo 14 de junio, entrevistado en El Mundo, que le horroriza esa expresión. Si apareciera sólo ocasionalmente, quizá la veríamos como un hallazgo de estilo. Pero el estilo es sorpresa, y ya no produce extrañeza que alguien use y use y use semejante fórmula.

Si alguien quiere sentirse parte de la clase política, debe decir cada dos o tres frases que pone algo en valor

Antes que en español, en francés se ha venido diciendo mettre en valeur, forma que se consolidó en ese idioma como locución verbal para significar lo que en nuestra lengua expresábamos con verbos como “elogiar” o “resaltar” y con locuciones como “dar valor” o “dar importancia”. A esas opciones acuden los traductores de aquel idioma cuando se encuentran oraciones como “le ministre a mis en valeur l’education”, de tal modo que el ministro, suponemos que francés, otorgó gran importancia a la educación.

En español usamos “poner en claro” o “poner en solfa” o “poner en duda”. Y también “poner en valor” si uno quiere. La gramática no se enfadará por eso. El problema radica en que nuestros políticos dan la impresión más de “ser hablados” que de “hablar”, como si un ente manipulador, y a veces cursi, moviera todos sus hilos y sus cuerdas (vocales) y los manejara cual marionetas idénticas, aun de diferentes partidos. Se repiten, se repiten y se repiten. Y, de nuevo, las clonaciones que se toman de otros idiomas desplazan en su depredación la riqueza de nuestra lengua.

Tal abuso, y eso es lo peor, puede acabar conduciendo a que nuestro vecino ponga en valor su huerto en vez de cultivarlo, a que nuestra amiga ponga en valor su casa en lugar de remozarla, a que pongamos en valor el frigorífico en vez de llenarlo de nuevo cuando se queda vacío, a que pongamos en valor la fabada en lugar de disfrutarla.

Será llegado entonces el momento de poner en valor el estilo, la retórica, el idioma. La sencillez. La búsqueda de las palabras precisas, las que cada cual elige para definir su discurso propio; y no las que colonizan el léxico de concejales y diputados y los separan cada vez más del lenguaje que emplean los que todavía son sus votantes.