LEER Y SUBRAYAR LOS VERBOS EN PRETÉRITO IMPERFECTO

 

Así describe Baroja las tierras castellanas –entre Almazán y Medinaceli— al mediodía y por la tarde, usando imperfectos que confieren al paisaje una sorprendente fuerza plástica, con sugestivos efectos de luz y color.

 

Texto de Pío Baroja

 

Al mediodía, el sol, en el cenit, brillaba con todo su esplendor. Era difícil encontrar una sombra para descansar. Se comía, se tendía un momento a mirar el cielo y se experimentaba como la embriaguez del abismo azul. Se sentía sed de beber el espacio, envidia de las águilas, viajeras solemnes de las alturas.

 

Cuando el calor apretaba, el aire parecía vibrar en los contornos de los montes y de los árboles. Los cuervos pasaban graznando y las urracas volaban y saltaban agitando su larga cola.

 

Por la tarde, el dorado del campo se acentuaba y las sombras comenzaban a alargarse. El castillo, en la punta del cerro, amarilleaba; la silueta borrosa del pueblo, en la falda de una colina, con su espadaña, se esfumaba en la vibración de oro, tembladora de la luz. Los arroyos de agua medio estancada, blanco verdosa, brillaban en alguna presa, y los chopos, unos con aire de plumeros erizados, otros torcidos y sin ramas, como grandes látigos, bordeaban sus rodillas.

 

Avanzaba el día, y el sol iba declinando. El campo, en los cerros pedregosos, parecía de corcho; la tierra mostraba sus entrañas más sangrientas a la luz de la tarde. La línea de los montes lejanos, bajos, largos, grises; la ola de piedra de la antigua hondonada, límite de un lago en otro tiempo, iba quedando azul.

 

Los pastores, harapientos, con sus anguarinas y sus mantas pardas y negras y sus cayados blancos, aparecían en actitudes inmóviles y reposadas.

 

Las lomas grises, pedregosas y áridas, tomaban color de cobre, y sobre el cobre y el oro viejo de las colinas se destacaba los riscos como castillos ciclópeos, amarillos y rojos, formados por calizas coloreadas.

 

El río, como un espejo, reflejaba el cielo, entre cerros parduzcos, y volvía a aparecer después en la amarillez del campo.

 

Al caer de la tarde, el labrador, arando con sus mulas o con sus bueyes, en la soledad, tomaba aire solemne, y, al destacarse a contraluz, se le veía, como a las yuntas, gigantesco.

 

Los pastores llevaban a beber a sus rebaños a los arroyos, y mientras las ovejas se desparramaban en la barrancada del río, el pastor y el zagal las vigilaban inmóviles, en su actitud triste y misteriosa.

 

Luego venía el alargarse de las sombras y la fantasmagoría de los crepúsculos; venía el horizonte de naranja y de grana; las nubes, incendiadas, como islas de metal fundido; los archipiélagos de fuego, los peces grises, las ballenas y los dragones.

 

PÍO BAROJA, La nave de los locos, 5, VI.

Biografía: San Sebastián, 1872 – Madrid, 1956) Novelista español. Por su padre, como por su madre, perteneció a familias distinguidas, muy conocidas en San Sebastián; entre los ascendientes de la madre, existía una rama italiana, los Nessi.

Este poco de sangre italiana que llevaba en las venas no dejó nunca de halagar a nuestro autor, aunque su orgullo se cifró siempre en su ascendencia vasca. Eran tres hermanos: Darío, que murió, joven aún, en Valencia; Ricardo, que fue pintor y escritor y gozó también de alguna fama, y Pío, el novelista. Era éste el menor de los hermanos. Ya muy separada de ellos, nació Carmen, que había de ser la gran compañera del novelista.