Una familia tradicional se encontraba alrededor de la mesa, comiendo, cuando la hija pequeña, de 12 años, comenta a grito pelado:
─ Hoy os traigo una mala noticia: ¡ya no soy virgen!, dice, sollozando, la criatura.
Posteriormente, la niña rompe a llorar notablemente alterada, con sus manos cubriéndole la cara y cierto halo de vergüenza. Tras diez minutos de silencio sepulcral, los padres comienzan a recriminarse mutuamente, que si no cuidas lo suficiente a la niña, que si tus ideas necias de que no se hable abiertamente de sexualidad, etc.
─ ¡Dios mío!, ¿cómo es posible que esto nos suceda precisamente a nosotros? Yo pensaba que eso sólo ocurría en las películas…
Cuando ya están descontrolados y al borde de un colapso, la madre, con los ojos notablemente encharcados y la boca temblorosa, toma tiernamente las manos de su hija y, en voz baja, pregunta:
─ ¿Pero qué sucedió exactamente, hija?
Entre sollozos, la niña contesta:
─ Es que la maestra del colegio me sacó del pesebre y me ha dicho que haga de pastorcillo en la obra de teatro…



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