A la formación de unas palabras partiendo de otras se llega por los siguientes procedimientos:

 

1. Por la adición de sufijos.

 

2. Por la composición de una palabra con otra, o de sus raíces.

 

3. Por la vía hereditaria o evolutiva, en virtud de la cual, por el cambio, adición y supresión de letras con sujeción a ciertos mecanismos y leyes fonéticos, unos generales y otros genuinos de cada grupo homogéneo de hablantes, una lengua original se transforma y se diferencia en otras.

 

En cuanto al tercero, presenta dos aspectos: 1. Mirado desde la palabra resultante, constituye la ascendencia o ETIMOLOGÍA de esta palabra; las etimologías interesan en un diccionario orgánico, especialmente como elementos de unificación; se dan en éste las de aquellas palabras que, constituyendo familias del mismo origen, resultan dispersas en él por no tener las mismas letras iniciales y, a veces, son totalmente irreconocibles a primera vista como tales parientes; para reconstruir la familia etimológica se reúnen todas las palabras procedentes de la misma raíz grecolatina en la más directamente heredera de ella o en la raíz misma y a ella se remite desde cada una de las palabras de la familia. De este modo, queda tendida a través de todo el diccionario otra red que relaciona las palabras como signos del mismo modo que la constituida por los catálogos de referencias las relaciona por su contenido conceptual.

(Véanse en la «Presentación» que precede al Diccionario, notas sobre el carácter orgánico de éste.)2. Mirado el proceso de creación de palabras por vía hereditaria en su segundo aspecto o «derivación», o sea, el camino seguido por la palabra desde su forma original hasta la actual, constituye la historia de la lengua de que se trata. La exposición general de este proceso en lo que se refiere al español, ni cabría en un artículo de diccionario, ni es requerida por ninguno de los dos aspectos que caracterizan al presente, puesto que sus datos no son susceptibles de ser distribuidos, como se hace con las etimologías, entre las palabras a que se refieren para que sirvan de base a una síntesis orgánica, ni sirven para resolver dudas en el uso de la lengua en su estado actual. Sólo se va a aludir aquí a algunos casos de vacilación en la derivación, que se traducen bien en duplicidad de forma de una misma palabra, bien en duplicidad de criterio en la derivación de palabras de la misma naturaleza.

 

Uno de los casos de duplicidad es el de ciertas terminaciones de palabras de origen griego. Las palabras con las terminaciones «-iaco [-ía-]» y «-iada [-ía-]», así como las formadas con «mancia [mancía]», aparecen en el D. R. A. E. en dos formas: «cardiaco [-ía-], olimpiada [-ía-], quiromancia [-mancía]». Con la raíz «opía» hay, además, indecisión: «miopía» y «nictalopía» aparecen solamente en esta forma no diptongadas; mientras que «necroscopia» aparece en esta forma y también con acento en la «i». En el caso del primer grupo de terminaciones mencionado, los hablantes han optado ya resueltamente por la forma diptongada («cardiaco, olimpiada, quiromancia»), y no supondría ninguna violencia que la Academia acordase eliminar del Diccionario oficial las otras formas. Respecto del segundo caso, aunque se puede notar preferencia por «necroscopia», la elección no es tan resuelta; pero siendo palabra poco usada, tampoco supondría violencia unificarla con las otras («miopía, nictalopía»).

 

También hay vacilación en el uso de la terminación «a» común al masculino y al femenino, en palabras procedentes del griego o del latín. Esa terminación no es exclusiva de esa clase de palabras, pues existe también en el final «-ista» de palabras formadas autónomamente en español («estadista», de «estado»; «libretista», de «libreto»; «tratadista», de «tratado»…) pero, en las palabras greco-latinas, va directamente aplicada a la consonante final de la raíz: «autodidacta, bautista, corega, estratega, gimnasta, nauta, pederasta, proxeneta, tránsfuga»; el D. R. A. E. incluye de algunas de estas palabras, parece ser que de las que en griego acaban en «es», solamente una forma acabada en «a» (como la palabra latina) y de las que en griego acaban en «ós», además de esa, otra acabada en «o» («corego», de «coregos»; «estratego», de «estrategós»); pero de «tránsfuga», palabra latina, da también la forma «tránsfugo», y, en cambio, de «autodidacta», derivado de «autodidaktós», no incluye la forma en «a», aunque es la más usada, y sí sólo la forma «autodidacto». No costaría nada incluir también «autodidacta» para dar cierta homogeneidad al grupo, si no se decide, lo que sería solución más completa (Véase más adelante lo relativo a las palabras en «um»), unificar todas las terminaciones en «o».

 

Casos de duplicidad son también los de ciertas palabras que aparecen excepcionalmente en el D. R. A. E. con las dos ortografías a que puede dar lugar el sonido original: «jaguar» y «yaguar», «jambo» y «yambo» (árbol), «juntar» y «yuntar», «pijama» y «piyama», «hiedra» y «yedra», «hierarquía» y «jerarquía», «hierba» y «yerba», «hiero» y «yero», «hieroglífico» y «jeroglífico», «hierosolimitano» y «jerosolimitano».

 

No hay razón ninguna para esta duplicidad, pues en las palabras con el mismo sonido original se ha optado ya con decisión por una u otra forma, y la R. A. no tendría más que prestar atención a cuál es ahora la más usada (de una de las formas de muchas de ellas la generalidad de los usuarios del español ignora la existencia) y darla en el D. R. A. E. como única.

 

Por fin, un caso de derivación interesante es la españolización de palabras importadas de otras lenguas contemporáneas. La Academia no se ha planteado, en general, problemas de españolización de la terminación de palabras procedentes de idiomas no parientes próximos; así, palabras como «bóer», club, complot, cóctel, cornac» (está, con una variante «cornaca», «fiord, fondac, fúltbol» o «zarewitz» han sido incorporadas al D. R. A. E. o tal como los hablantes las han generalizado o con la transcripción ortográfica que ha parecido más conforme a su pronunciación en la lengua de origen; «fiord» y «gong» fueron incorporadas en esta forma a la edición de 1947, si bien en la de 1956 se añadieron las formas «fiordo» y «gongo»; también, algunas palabras francesas, como «chófer, coñac» o «somier», han pasado sin sufrir españolización en la terminación. Pero, en general, la Academia, cuando decide incorporar al D. R. A. E. un galicismo, trata de adaptar la palabra a lo que sería si hubiese entrado en el español por la vía de derivación tradicional españolizando la terminación, o sea, suprimiendo la «e» muda de la palabra francesa («guacamol» para «guacamole») o la «t» igualmente muda («bidé, chalé, croché, cuplé, parqué»); o bien añadiendo un «o» cuando la consonante final de la palabra francesa suele ir seguida de esa letra en las españolas de derivación paralela («ciclostilo» para «ciclostyl» -justificado porque la palabra hermana de «styl» es «estilo-, o «gongo» para «gong»); pero como estos acuerdos suelen producirse cuando la palabra ha adquirido ya un uso extenso entre los hablantes y éstos han adaptado ya cierta forma, la prescripción académica cae muchas veces en el vacío; particularmente, ni la supresión de la «t» ni la adición de la «o» se producen de manera espontánea: se dice mucho más «fiord» y «gong» que «fiordo» y «gongo», y si se dice (no siempre) «chalé» y «bidé», no se escribe así más que por las personas conscientes del criterio académico; puede comprobarse así en los anuncios y rótulos comerciales. Si la Academia decidiera alguna vez incorporar al D. R. A. E. la palabra, de uso extendidísimo, «carnet» en la forma «carné» que es de esperar, puede preverse que no tendría fuerza bastante la prescripción académica para hacer que esa forma se impusiese por escrito. Semejante, aunque no se refiere a la terminación, es el caso de «clisé», que figura en el D. R. A. E. solamente en la acepción relacionada con la imprenta, en la cual ha tenido seguramente esa forma desde que se empezó a usar, antes ya de su inclusión en el D. R. A. E.; pero, después, se ha reimportado acompañando a otros objetos y ha entrado con su forma «cliché» de uso puede decirse que internacional. Del mismo modo, «bloc», que, por vía normal, ha dado «bloque», reimportado por vía culta comercial, sigue siendo «bloc», y será difícil que la Academia haga que se pida «un bloque de notas» en las papelerías.

 

Este problema de la introducción en el vocabulario usual español y en el mismo Diccionario oficial de terminaciones reñidas con la fonética española, preocupa a los gramáticos; pero en el estado presente de la cuestión no parece posible una solución de autoridad; los españoles seguirán importando palabras cuando las necesiten y, como parece que su sentido fonético no repugna ciertas terminaciones no genuinas, seguirán aceptando las terminaciones de ellas en su idioma de origen (las escritas, principalmente, pues estas palabras se introducen más por vía escrita que por vía oral), y la Academia tendrá que seguir aceptando palabras en esta forma espuria como viene haciendo hasta ahora.

 

Relacionado con el caso anterior es el de palabras cultas conservadas en su forma latina; estas palabras son raras en español, a diferencia de lo que ocurre en otros idiomas cultos («atrium, circus, forum, sodium, solarium…»), quizá porque la terminación «o» de que el español dispone allana el camino para la adaptación; pero no faltan algunas («álbum, memorándum, pandemónium, quanta, separata, tárgum») que han entrado en el español con forma ya adoptada uniformemente en otros idiomas. El problema a que dan lugar estas palabras es el de la forma que deben tomar plural las que se han divulgado en singular (como las cuatro primeras), y en singular las que han entrado inicialmente en el lenguaje culto en plural (como «quanta» y «separata»). La Academia, sobre un caso particular sometido recientemente a su consideración, el de «memorándum», llega, por eliminación de las soluciones propuestas («memorándums», usado hasta ahora, por reñido con la fonética española; «memorándumes», por chocante, no con la fonética, pero sí con el sentido lingüístico; y «memoranda», el plural latino, por algo parecido), a la insinuación de una solución quirúrgica: cambiar de forma el singular, convirtiéndolo en «memorando», con lo que el plural sería normalmente «memorandos», y se aduce el precedente «fiordo» y «gongo». Tal insinuación es por demás razonable y, para ser solución, sólo le faltaría que se aplicase a todos los casos iguales que hay en el Diccionario. Pero ¿se atreverá la Academia a dar el paso, convirtiendo «álbum» en «albo», «súmmum» en «sumo», «pandemónium» en «pandemonio», «separata» en «separados», «vademécum» en «vademeco», etcétera? Los mismos usuarios han aplicado ya esta solución en un caso: a los «quanta de acción» que entraron en la física moderna con la mecánica relativista han sucedido los «cuantos de acción», con su singular «un cuanto». Pero no ha habido la misma decisión por parte de los hablantes en el caso de «separata»; es palabra usada sólo entre personas cultas, pero incluso éstas se detienen ante la cara pedante de «separátum» y, aun conscientes de la herejía desde el punto de vista de la gramática latina, dicen, aunque como de escapada, frases como ‘he recibido una separata de tu trabajo’o ‘todavía no tengo separatas de mi artículo’, uso no distinto del admitido en «errata[s]».

 

 

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