El más prolífico novelista español perteneciente al realismo, fue Benito Pérez Galdós.

Nació en Las Palmas de las Islas Canarias en 1843.

Fue muy precoz en la lectura y la escritura. Realizó estudios de bachillerato y dominó el francés, el inglés y el latín, además de su lengua natal. Se interesó por todas las artes y en especial la literatura.

Estudió Derecho en Madrid, pero se dedicó a la lectura y escritura.

En 1873, comenzaron a aparecer los "Episodios Nacionales", novelas históricas.

Colaboró en numerosos diarios y periódicos de España, también en "La Prensa" de Argentina.

En 1897 ingresó a la Real Academia Española.

Falleció en Madrid en 1920.

Destacan entre sus obras:

 "Episodios Nacionales" – 1873

 "Doña Perfecta" – 1876

 "Gloria" – 1877

 "Marianela" – 1878

 "La Familia de León Roch" – 1878

 "El amigo Manso" – 1882

 "El Doctor Centeno" – 1883

 "Fortunata y Jacinta" – 1887

 "Ängel Guerra" – 1891

 "Misericordia" – 1897

DIÁLOGO DE LA OBRA “MARIANELA”

La Nela comenzó a andar resueltamente sin adelantarse mucho, antes bien, cuidando de ir siempre al lado del viajero, como si apreciara en todo su valor la honra de tan noble compañía. Iba descalza: sus pies, ágiles y pequeños denotaban familiaridad consuetudinaria con el suelo, con las piedras, con los charcos, con los abrojos. Vestía una falda sencilla y no muy larga, denotando en su rudimentario atavío, así como en la libertad de sus cabellos sueltos y cortos, rizados con nativa elegancia, cierta independencia más propia del salvaje que del mendigo. Sus palabras, al contrario, sorprendieron a Golfín por lo recatadas y humildes, dando indicios de un carácter formal y reflexivo. Resonaba su voz con simpático acento de cortesía, que no podía ser hijo de la educación, y sus miradas eran fugaces y momentáneas, como no fueran dirigidas al suelo o al cielo.

-Dime -le preguntó Golfín- ¿tú vives en las minas? ¿Eres hija de algún empleado de esta posesión?

-Dicen que no tengo madre ni padre.

-¡Pobrecita! Tú trabajarás en las minas…

-No, señor. Yo no sirvo para nada -replicó sin alzar del suelo los ojos.

-Pues a fe que tienes modestia.

Teodoro se inclinó para mirarle el rostro. Este era delgado, muy pecoso, todo salpicado de menudas manchitas parduzcas. Tenía pequeña la frente, picudilla y no falta de gracia la nariz, negros y vividores los ojos; pero comúnmente brillaba en ellos una luz de tristeza. Su cabello dorado-oscuro había perdido el hermoso color nativo por la incuria y su continua exposición al aire, al sol y al polvo. Sus labios apenas se veían de puro chicos, y siempre estaban sonriendo; pero aquella sonrisa era semejante a la imperceptible de algunos muertos cuando han dejado de vivir pensando en el cielo. La boca de la Nela, estéticamente hablando, era desabrida, fea; pero quizás podía merecer elogios, aplicándole el verso de Polo de Medina: «es tan linda su boca que no pide». En efecto; ni hablando, ni mirando, ni sonriendo revelaba aquella miserable el hábito degradante de la mendicidad callejera.

Golfín le acarició el rostro con su mano, tomándolo por la barba y abarcándolo casi todo entre sus gruesos dedos.

-¡Pobrecita! -exclamó-. Dios no ha sido generoso contigo. ¿Con quién vives?

-Con el señor Centeno, capataz de ganado en las minas.

-Me parece que tú no habrás nacido en la abundancia. ¿De quién eres hija?

-Dicen que mi madre vendía pimientos en el mercado de Villamojada. Era soltera. Me tuvo un día de Difuntos, y después se fue a criar a Madrid.

-¡Vaya con la buena señora! -murmuró Teodoro con malicia-. Quizás no tenga nadie noticia de quién fue tu papá.

-Sí, señor -replicó la Nela con cierto orgullo-. Mi padre fue el primero que encendió las luces en Villamojada.

-¡Cáspita!

-Quiero decir que cuando el Ayuntamiento puso por primera vez faroles en las calles -dijo la muchacha, dando a su relato la gravedad de la historia-, mi padre era el encargado de encenderlos y limpiarlos. Yo estaba ya criada por una hermana de mi madre, que era también soltera, según dicen. Mi padre había reñido con ella… Dicen que vivían juntos… todos vivían juntos… y cuando iba a farolear me llevaba en el cesto, junto con los tubos de vidrio, las mechas, la aceitera… Un día dicen que subió a limpiar el farol que hay en el puente; puso el cesto sobre el antepecho, yo me salí fuera y caíme al río.

-¡Y te ahogaste!

-No, señor; porque caí sobre piedras. ¡Divina Madre de Dios! Dicen que antes de eso era yo muy bonita.

-Sí; indudablemente eras muy bonita -afirmó el forastero con el alma inundada de bondad-. Y todavía lo eres… Pero dime otra cosa. ¿Hace mucho tiempo que vives en las minas?

-Dicen que hace tres años. Dicen que mi madre me recogió después de la caída. Mi padre cayó enfermo, y como mi madre no le quiso asistir, porque era malo, él fue al hospital donde dicen que se murió. Entonces vino mi madre a trabajar a las minas. Dicen que un día la despidió el jefe porque había bebido mucho aguardiente…

-Y tu madre se fue… Vamos, ya me interesa esa señora. Se fue…

-Se fue a un agujero muy grande que hay allá arriba -dijo Nela, deteniéndose ante el doctor y dando a su voz el tono más patético- y se metió dentro.

-¡Canario! ¡Vaya un fin lamentable! Supongo que no habrá vuelto a salir.

-No, señor -replicó la Nela con naturalidad-. Allí dentro está.

-Después de esa catástrofe, pobre criatura -dijo Golfín con cariño-, has quedado trabajando aquí. Es un trabajo muy penoso el de la minería. Tú estás teñida del color del mineral; estás raquítica y mal alimentada. Esta vida destruye las naturalezas más robustas.

-No, señor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para nada.

-Quita allá, tonta, tú eres una alhaja.

-Que no señor -dijo Nela insistiendo con energía-. Si no puedo trabajar. En cuanto cargo un peso pequeño, me caigo al suelo. Si me pongo a hacer alguna cosa difícil en seguida me desmayo.

-Todo sea por Dios… Vamos, que si cayeras tú en manos de personas que te supieran manejar, ya trabajarías bien.

 

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